miércoles, 14 de diciembre de 2011

Cincuenta años de Era Espacial

Hace 50 años, el mundo vivía con ilusión el inicio de la Era Espacial. Los vuelos de los Gagarin, Popov y demás pioneros rusos pero, y sobre todo, mucho más mediaticos y televisados de los astronautas estadounidenses Shepard, Grissom, Glenn y los demás "Mercury Seven", parecían constituir el prólogo de una nueva era: la Era Espacial.

Aquellos hombres, constreñidos -todos los "Mercury Seven" medían menos de 1,80 metros y viajaban sentados porque no cabían de pie o estirados- en una pequeña cápsula de menos de dos metros de diámetro,  orbitaron el planeta a 27.000 kilómetros por hora, jugándose el pellejo.

Una aventura sin precedentes, auspiciada e impulsada por el presidente Kennedy -conviene recordar su famoso discurso de 1961, "a man in the moon"- en plena guerra fría, que culminó con la llegada del hombre a la luna unos años después.

Cincuenta años después, no queda nada de aquella épica. Casi nadie recuerda a los "Mercury Seven" -de los que sólo sobreviven ya Glenn y Carpenter, nonagenarios pero lúcidos y activos- y los viajes a la Luna que les siguieron son una mera fantasía para muchos de nuestros jóvenes, que no conciben cómo se pudo ir hasta allí si hoy volver se considera una quimera.

Por supuesto nadie habla ya de la Era Espacial. Los niños ya no juegan a ser astronautas -un neologismo de los años 60- y nadie confía en viajar a las estrellas. Algo que, durante los años 60 y buena parte de los 70, se daba por hecho en un futuro no muy lejano, que bien prodrían ser nuestros días.

Aquellas películas y series de televisión que se desarrolaban en naves que viajaban por el especio interestalar -la mítica "Star Trek", sin duda, pero también "2001, una Odisea en el Espacio" o "La Guerra de las Galaxias"-   pronto dieron paso a otras en las que más que ir a la conquista de nuevos planetas, éramos los terrícolas los que esperábamos por ellos: "Encuentros en la Tercera Fase", "V" o "Independence Day" o el remake de "La Guerra de los Mundos"  -por señalar películas de los años 70, 80, 90 y 2000-  responden a este planteamiento, digamos, pasivo.

También ha desaparecido el estilo de vida futurista de series televisivas como "Los Supersónicos" una versión espacial de los Picapiedra en la que los portagonistas disfrutaban de una tecnología amigable para vivir su estilo de vida suburbano de forma...supersónica. La tecnología pronto dejó de facilitar la vida para convertirse en una pesadilla. Y no digamos la arquitectura, que tanta inspiración obtuvo de la estética espacial. La torre de comunicaciones de Seatle o las cúpulas de Fuller son fruto de esa época. Por no hablar de algunas casas angelinas que parecen a punto de despegar o el estadio olímpico de Munich. Lo que en los 60 y los 70 parecia futurista, ahora nos parece, con frecuencia, kitsch.

Ya la verdad es que los vuelos tripulados se han limitado a los orbitales de los transbordadores, ahora también abandonados. En realidad, ya no hay vuelos espaciales, ni siquiera de "cercanías". Parece que los chinos están decididos a repetir la epopeya luar. Lo lograrán, pero  ¿cuándo?.

Lo cierto es que el sueño espacial ha dejado paso a otros sueños. El altermundismo y la sostenibilidad han reemplazado al citius, altius, fortius. Siquiera aplicado a la tecnología. Los aviones vuelan a la misma velocidad y altura que hace 30 años. El Concorde murió. En nuevo Queen Mary no es más veloz que su antecesor de los años 30. Ni siquiera aventaja a los legendarios Cunnard, como el Titanic.  Nuestros coches, siendo más veloces, circulan más despacio que los de nuestros padres. Y, por supuesto, aquel imperativo "teletranspórtame, Scotty", no se cumplió. Ni tiene visos de cumplirse, pese al bosón de Higgs. Lo único citius es el tren. Siquiera en algunas líneas. Pero tambien parece haber alcanzado un tope: los 300 kilñometrios por hora no parecen fáciles de superar en trayectos comerciales. Superarlos supone mucha energía y riesgos para la seguridad.

Así que no viajamos ni más rápìdo, ni más alto. Estamos donde estábamos. Sólo somos mucho más eficientes.

¿Qué nos ocurre?. Parece que el viejo mundo occidental está cansado de  avanzar y progresar. Las energías fósiles contaminan. Y son cada vez más caras. Y cualquier nueva fuente de energía abundante y barata, como la fisión nuclear, es cada vez más cuestionada. Y pronto pondremos en cuestión las energías limpias (aunque caras): ya pasó con los biocombustibles y pronto surgirán voces críticas con la energía eólica.

Quizá nos hemos vuelto exceisvamente críticos. Y poco imaginativos. Rechazamos cualquier tipo de energía. Pero no buscamos alternativas seguras y abundantes. El rechazo a la fisión atómica siquiera como previo de la fusión-  es paradigmático. Nos resignamos. Ya no queremos emplear talento, energía y dinero a explorar nuevos mundos. Hasta los estadounidenses han renunciado a su "nuevo destino manifuesto" en el espacio. No hay sustituyo para los trasnbordadores. 

Somos sociedades cada vez más envejecidas, sin ilusiones ni héroes. ¿Qué presidente sería capaz de hacer un discurso como el "the man on the moon" de Kennedy? Un  discurso capaz de proyectarse al futuro, que proponer metas y medios para alcanzarlas. Un programa con números y recursos, realista, para ir a la Luna. ¡En 1961!

¡Claro que mejorar el mundo es loable!. Pero nuestro mundo, nuestra tecnología -desde el fly-by-wire a los ordenadores, pasando por internet, los microondas o, incluso, la comida, la ropa o materiales como el titanio- no pueden entenderse sin la carrera espacial.

A mi modo de ver, una de las causas de la crisis económica que corroe occidente es, precisamente, nuetra falta de ambición y creatividad. Sólo nos animamos a consumir, pero neutra producción no se renueva. Los productos "maduros" son cada vez más. Y pueden fabricarse en Brasil, China o Irán. Occidente no puede vivir en exclusiva del consumo y  una investigación muy localizada y comprar y vender derivados financieros.  Es eso lo que da como resultado una creciente polarización social. Camarero en Burguer King, reponedor en Hipercor, Auchamp o WalMart. O investigador de élite o tiburón financiero. Y cada vez son menos los términos medios. Esa clase media menguante, cuya desaparición narraba magistralmente el viejo Clint en "Gran Torino".

El proceso de fabricación del Dreamliner de Boeing -el 60% de la producción deslocalizado- es un buen ejemplo de todo ello.

Pero me resigno a pensar que el hombre haya dejado de soñar. No lo hizo durante los cientos de miles de años que ha pasado mirando a las estrellas, preguntándose por ellas, qué eran, dónde estaban, cómo llegar a ellas. Icaro, Babel o Leonardo son muetras de ese afán por ir más lejos.

Quizá los sueños han dejado de estar en Occidente. Quizá hayamos pasado la antorcha del progreso -esa concepto tan occidental, cristiano incluso- a otras civilizaciones. A otras culturas. Y hayamos dejado de mirar la luna para ver el dedo. Ojalá ellas sigan adelante. Y encuentren nuevas energías inagotables. Y envíen misiones tripuladas al espacio.

Pero occidente arrostrará las consecuencias. Ya estamos en ello. Porque la crisis económica, por ahora, no es mundial. Es occidental. Y, si se me apura, y no por casualidad, mediterránea.Justamemte ese Mediterráneo sobre el que volaba Ícaro, reflexionaron Demócrito o Tales de Mileto, contruyeron sus pirámides los egipcios e inventaba Leonardo.

Pero la antorcha de la Era Espacial está ahí. Para quién quiera recogerla. Pronto se cumpliran 50 años de la más singular epopeya de la humanidad: la que culminó con el regreso, sanos y salvos, de Arsmtrong, Collins y Aldrin después de hollar un nuevo mundo, distinto al que nos alberga desde hace millones de años. 

Permanezcan atentos a sus pantallas.   




lunes, 5 de diciembre de 2011

Memorias


En España dedicamos calles, plazas y monumentos a personajes nefastos: Fernando VII, Isabel II o Manuel Azaña, por ejemplo, gozan de ese privilegio. Incluso algún personaje siniestro: es el caso de Dolores Ibárruri, "Pasionaria". Por supuesto, personajes cuando menos discutibles en sus méritos, cuando no abiertamente reaccionarios, reciben también su homenaje: es el caso de Donoso Cortés o el marqués de Santa Cruz. También hay golpistas -algunos bajo la etiqueta de "revolucionarios"- presentes en nuestro paisaje urbano: es el caso de Prieto, Largo o Miguel Primo de Rivera. Como lo es el de muchos instigadores de pronunciamientos decimonónicos. Incluso recordamos dictadores: el ya citado Primo, pero también Narváez, por ejemplo, tienen calles. Algo, por otra parte, habitual en toda Europa: Pilsudsky en Polonia; en Francia los dos Napoleones  -o Thiers, represor de la Comuna, tan controvertido- tienen sus espacios. Por no mencionar a Kemal en Turquía o Lenin en Rusia. O a Bismark y Guillermo I en Alemania. O, yendo atrás en el tiempo, Cromwell, el dictador de Inglaterra, tiene su efigie esculpida en Westmister. Y todo ello, sin alejarnos de Europa. Ni de los siglos XIX y XX (con la excepción, claro, de don Oliverio; pero ya se sabe que los ingleses son peculiares e, incluso, pioneros, para todo).

Sin embargo, en España, por mor de la ley de Memoria Histórica, prohibimos -literalmente- el recuerdo a Franco, a sus ministros y a los intelectuales -muchos de ellos notabilísimos- que apoyaron su régimen.  Y sólo se prohibe el recuerdo a ese periodo de nuestra historia. Sin duda, Franco fue un dictador. Sin duda, contribuyó decisivamente al triunfo de un golpe de Estado (tambien, habría que preguntarse por el estado del Estado el 17 de julio de 1936). Para muchos, ciertamente, fue un gobernante nefasto. Incluso siniestro.

Siempre, en todo caso, controvertido. Y, sin duda, discutible. Creo que ahí apunta una clave para entender la polémica. No hay un consenso histórico sobre la figura del general. Como señalaba Arcadi Espada en diario "El Mundo" el pasado tres de diciembre, Franco gobernó con legitimidad. Siguiendo a Weber, gobernó con la legitimidad de las armas, de la fuerza y la intimidación, pero también con la legitimidad del ejercicio, de la gestión. O así fue, al menos, para muchos -quizá una mayoría de españoles- que aceptaron, de mejor o peor grado, una suerte de pacto tácito por el que se transigía con represión y falta de libertad ciertas a cambio de seguridad, estabilidad y progreso.

Y para buena parte de sus contemporáneos, cumplió con su parte. España, tras siglo y medio convulso -cuatro guerras civiles, infinidad de golpes de Estado y pronunciamientos- se estabilizó e invirtió la tendencia histórica decadente frente a otras naciones europeas y latinoamericanas. España se industrializó, abrió su economía al mundo, puso fin a la emigración secular y modernizó su estructura social. Cambios impulsados de  forma consciente -con aciertos y errores- desde el poder. Como apuntó en su día Amando de Miguel, España hizo la revolución burguesa bajo Franco. Es difícil rebatir que, en lo económico, en lo social, España estaba, en relación a la Unión Europea, mejor en 1975 que en 1936 o, incluso, que en 1930.

Es más: como señalaba Espada en su artículo, la Transición se hizo desde las leyes franquistas, fue impulsada por franquistas -o, al menos, no desafectos al Régimen, como Suárez, Torcuato o el propio Rey- y fue percibida, por buena parte de la ciudadanía de la época como una evolución natural del Régimen. No parece, tampoco, por los testimonios de quienes le trataron -entre ellos, el propio Suárez- que Franco pusiera reparos, una vez fallecido, a un tránsito democrático. Es más, quienes se opusieron a él -los Blas Piñar, Girón- eran considerados ya, en vida de Franco, un tanto frikis del franquismo.

Quizá sea todo ese protagonismo histórico lo que moleste a muchos, especialmente en la izquierda. Pero también es lo que legitimó a aquel régimen a los ojos de muchos españoles. Y también lo que ha soslayado la irrupción de una extrema derecha española. Muchos que vieron con buenos ojos su obra, aceptan y respaldan la actual democracia. Desean incluso su perfeccionamiento. Y sin contradicción.

Y por todo ello, tal vez sea merecedor, pese a la controversia que aún genera, de homenaje urbano. Si recordamos a personajes mediocres, nefastos, siniestros, reaccionarios, golpistas, dictatoriales o represores..¿por qué no? Y quizá con mayor merecimiento que el de muchos que la yo tienen. La España de hoy, próspera y libre pese a las dificultades que nos acongojan, no puede entederse sin la labor de Franco, como tampoco sin la de muchos de sus colaboradores. Personajes como López Rodó, Navarro Rubio, Estapé y tantos otros, no pueden quedar en el olvido. Merecen memoria, recuerdo y no la distorsión caricaturesca de la historia en función de hechuras ideológicas. Como en otras naciones, la Historia ha de asumirse con naturalidad. Entre otras cosas, porque buena parte de lo que hoy disfrutamos a ellos se lo debemos.