lunes, 5 de diciembre de 2011

Memorias


En España dedicamos calles, plazas y monumentos a personajes nefastos: Fernando VII, Isabel II o Manuel Azaña, por ejemplo, gozan de ese privilegio. Incluso algún personaje siniestro: es el caso de Dolores Ibárruri, "Pasionaria". Por supuesto, personajes cuando menos discutibles en sus méritos, cuando no abiertamente reaccionarios, reciben también su homenaje: es el caso de Donoso Cortés o el marqués de Santa Cruz. También hay golpistas -algunos bajo la etiqueta de "revolucionarios"- presentes en nuestro paisaje urbano: es el caso de Prieto, Largo o Miguel Primo de Rivera. Como lo es el de muchos instigadores de pronunciamientos decimonónicos. Incluso recordamos dictadores: el ya citado Primo, pero también Narváez, por ejemplo, tienen calles. Algo, por otra parte, habitual en toda Europa: Pilsudsky en Polonia; en Francia los dos Napoleones  -o Thiers, represor de la Comuna, tan controvertido- tienen sus espacios. Por no mencionar a Kemal en Turquía o Lenin en Rusia. O a Bismark y Guillermo I en Alemania. O, yendo atrás en el tiempo, Cromwell, el dictador de Inglaterra, tiene su efigie esculpida en Westmister. Y todo ello, sin alejarnos de Europa. Ni de los siglos XIX y XX (con la excepción, claro, de don Oliverio; pero ya se sabe que los ingleses son peculiares e, incluso, pioneros, para todo).

Sin embargo, en España, por mor de la ley de Memoria Histórica, prohibimos -literalmente- el recuerdo a Franco, a sus ministros y a los intelectuales -muchos de ellos notabilísimos- que apoyaron su régimen.  Y sólo se prohibe el recuerdo a ese periodo de nuestra historia. Sin duda, Franco fue un dictador. Sin duda, contribuyó decisivamente al triunfo de un golpe de Estado (tambien, habría que preguntarse por el estado del Estado el 17 de julio de 1936). Para muchos, ciertamente, fue un gobernante nefasto. Incluso siniestro.

Siempre, en todo caso, controvertido. Y, sin duda, discutible. Creo que ahí apunta una clave para entender la polémica. No hay un consenso histórico sobre la figura del general. Como señalaba Arcadi Espada en diario "El Mundo" el pasado tres de diciembre, Franco gobernó con legitimidad. Siguiendo a Weber, gobernó con la legitimidad de las armas, de la fuerza y la intimidación, pero también con la legitimidad del ejercicio, de la gestión. O así fue, al menos, para muchos -quizá una mayoría de españoles- que aceptaron, de mejor o peor grado, una suerte de pacto tácito por el que se transigía con represión y falta de libertad ciertas a cambio de seguridad, estabilidad y progreso.

Y para buena parte de sus contemporáneos, cumplió con su parte. España, tras siglo y medio convulso -cuatro guerras civiles, infinidad de golpes de Estado y pronunciamientos- se estabilizó e invirtió la tendencia histórica decadente frente a otras naciones europeas y latinoamericanas. España se industrializó, abrió su economía al mundo, puso fin a la emigración secular y modernizó su estructura social. Cambios impulsados de  forma consciente -con aciertos y errores- desde el poder. Como apuntó en su día Amando de Miguel, España hizo la revolución burguesa bajo Franco. Es difícil rebatir que, en lo económico, en lo social, España estaba, en relación a la Unión Europea, mejor en 1975 que en 1936 o, incluso, que en 1930.

Es más: como señalaba Espada en su artículo, la Transición se hizo desde las leyes franquistas, fue impulsada por franquistas -o, al menos, no desafectos al Régimen, como Suárez, Torcuato o el propio Rey- y fue percibida, por buena parte de la ciudadanía de la época como una evolución natural del Régimen. No parece, tampoco, por los testimonios de quienes le trataron -entre ellos, el propio Suárez- que Franco pusiera reparos, una vez fallecido, a un tránsito democrático. Es más, quienes se opusieron a él -los Blas Piñar, Girón- eran considerados ya, en vida de Franco, un tanto frikis del franquismo.

Quizá sea todo ese protagonismo histórico lo que moleste a muchos, especialmente en la izquierda. Pero también es lo que legitimó a aquel régimen a los ojos de muchos españoles. Y también lo que ha soslayado la irrupción de una extrema derecha española. Muchos que vieron con buenos ojos su obra, aceptan y respaldan la actual democracia. Desean incluso su perfeccionamiento. Y sin contradicción.

Y por todo ello, tal vez sea merecedor, pese a la controversia que aún genera, de homenaje urbano. Si recordamos a personajes mediocres, nefastos, siniestros, reaccionarios, golpistas, dictatoriales o represores..¿por qué no? Y quizá con mayor merecimiento que el de muchos que la yo tienen. La España de hoy, próspera y libre pese a las dificultades que nos acongojan, no puede entederse sin la labor de Franco, como tampoco sin la de muchos de sus colaboradores. Personajes como López Rodó, Navarro Rubio, Estapé y tantos otros, no pueden quedar en el olvido. Merecen memoria, recuerdo y no la distorsión caricaturesca de la historia en función de hechuras ideológicas. Como en otras naciones, la Historia ha de asumirse con naturalidad. Entre otras cosas, porque buena parte de lo que hoy disfrutamos a ellos se lo debemos.

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